Telegramas para «La rubia de Hamburgo» de Arturo Prado Lima.
(Extractos)
Los telegramas del escritor
y actor español José Alias, son un enjambre de preguntas sin respuesta y
de silencios sonoros que ha atrapado en una lectura profunda del libro «La Rubia de Hamburgo»,
editado por Caza de Libro de Ibagué, Colombia. La rubia del libro es
una alemana que otros la prefieren colombiana. Incluso, un ferviente
admirador la vio en Ibagué y de paso se rompió el corazón por ella. Fue a
buscarla a Hamburgo, y al no encontrarla, la ubicó en sus sueños y le
escribió un poema.
Ahora José Alias rompe su
silencio y con sus telegramas nos recuerda que los personajes de los
libros siempre van acompañados de una realidad tangible difícil de
ignorar. La existencia y el destino de los personajes forjan su vida de
acuerdo al grado de asimilación de quien los lee. Al fin y al cabo, son
los lectores los que le señalan el camino a quienes nacen de la pasión
literaria de los escritores. Veremos si los telegramas tienen respuesta.
Estaremos atentos. (APL)
1
Helen Keller tenía la sombra de Cortázar en los ojos de
niebla, la ausencia teñida de una mirada multicolor, mientras iba
habitando de a poco un lugar en el mundo.
11
No tienes que ir a
Salzburgo, Mozart ya no vive allí, y en el espinazo de tu silueta suena
la viola de la meditación. Un terremoto inesperado, un rostro cubista
lleno de lágrimas drenando a fondo el corazón.
15
Todos se enamoraban de sus
dos hoyuelos en la orilla de los labios, se llamaba Clara y generación
tras generación se escuchaba un cuento de Navidad sin Manuela,
desaparecida tras su fusil y las nubes verdes. Ruth, como un verso de
Ernesto Cardenal, pidió una tregua armada para conocer la ciudad. Ella
no sabía que el enemigo también vivía allí, a la vista de todos.
17
Entre el traqueteo del
autobús se oyen las ausencias del corredor de la muerte, de renacidos
entre imágenes de guerra con el río lleno de cadáveres junto a los
cafetales. Entre aguardientes se fragua la huida de la memoria
indeleble. Dicen los filósofos orientales que los animales no pueden
desnudarse, no necesitan más.
20
Versiones orquestadas
contaron que el suicidio era por amor. Ella tenía 16 años y el progreso
aún no había llegado para destruir la armonía de lavar en el río, entre
las piedras azufradas y los primeros amores queridos. Aguacates para
jugar en compañía, más allá de la escuela de Piedrancha con un puente
más largo que la soledad de María y su infancia.
22
Volver a empezar la
ceremonia del amor, invocando bandadas de pájaros y rodillas heridas,
como la de aquella matanza de indios y el vacío que nos reencontraba
plenos e invisibles. Dos cuerpos asustados entre blusas y corbatas,
entre blues y contrabajos, queriendo desvelar el mundo estancado en los
labios. Otoños y primaveras descubriéndose entre el desorden y el miedo,
desnudos a deshoras. Conozco el cielo, dijo el cóndor. Pasa, dijo la
piel desde algún rincón de tus ojos, en la tarde malva.
He visto a dios, dijo un astronauta cuando volvió a la Tierra, y es negra.
Conozco el cielo, volvió a repetir como una cantinela infinita. Luego, cerró el libro y calló para siempre.
José Alias.
Finales de febrero ‘025
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